Albores

hojas
En el principio de los tiempos, cuando tú y yo eramos tan solo dos osados inconscientes que empezaban a vivir una relación de pareja, las cosas no fueron sencillas. Ya no porque tú llegaras con las alforjas repletas de negras historias de los abusos que sufriste en la infancia, sino porque yo también llegaba con la ceguera propia del que viene deslumbrado por los faros de una existencia relativamente fácil, para de repente, sumergirse en la oscuridad del túnel de una vida que le era ajena. Mis pupilas, acostumbradas a la visión de la soledad del que pasa la mayor parte del tiempo preocupándose por sus propios problemas, no alcanzaban a ver las sinuosas curvas que una relación de pareja conllevaba. Fue a base de salidas de la vía, de choques frontales de trenes, de gritos y desperfectos materiales, que empezamos a construir el andamiaje sobre el que restañar los defectos del amor. Ya que este nace con mala vista, y no suele ver más allá de dos pasos hacia adelante, con lo que en la mayoría de las veces acabamos en la profundidad de un acantilado, totalmente destrozados y sin saber como hemos llegado hasta allí.

En aquellos primeros tiempos, en que el pequeño dios de la paciencia no se decidía a crear la luz, las heridas supuraban reproches, y el pestilente olor del pasado nos impedían apreciar el aroma de un incipiente futuro. Fueron las propias batallas las que empezaron a despejar la maleza que impedían vernos con claridad, y fue, cuando empezamos a apreciar que las heridas infligidas dolían tanto como las recibidas, que realmente nos dimos cuenta que eramos dignos adversarios. La palabra del uno encontraba el eco de la del otro, y las miradas se dejaban de altos vuelos, para pasar en vuelo rasante por nuestras almas. En aquellos instantes en que las espadas callaban, el silencio nos gritaba lo absurdo de tan cruenta batalla y con la delicadeza de unas manos amantes, curábamos nuestras heridas abiertas con la cristalina limpieza de un sincero beso.

En nuestro particular crucigrama, no solo conformábamos palabras, sino que con cada letra se apuntalaba una historia, que a fuerza de tropezar y levantarse, ejercitó el musculo de perdonarnos el amarnos por encima de nuestras propias imperfecciones y debilidades.

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