Internos

manicomio redondo
Mi profesión me llevó a trabajar en un centro de internamiento psiquiátrico, y en los meses que estuve allí, pude comprobar la poca diferencia entre los residentes de dicho centro y aquellos que vivían al otro lado de los muros. La verdad es que la mayoría no diferían en exceso de la gente común cuando vas caminando por la calle. Cada uno imbuido en su mundo interior, hablando algunos para si mismos y creyéndose las mentiras que tanto su cerebros como el exterior les mandaba, y otros andando con la mirada clavada en un vació que pareciera guiarles los pasos e hiciera que todo a su alrededor desapareciese. Comían como nosotros, vestían como nosotros, andaban, reían y lloraban como nosotros. La única diferencia, era que distorsionaban la realidad que le ofrecía el exterior con algún aditivo especial de su frágil mente, tal vez para poder digerirla y poder seguir viviendo. Atiborrados por medicamentos sedantes algunos, yacían al sol de primavera esperando que llegase la hora de comer o algún programa televisivo de su gusto. Mantenían conversaciones absurdas y superficiales entre ellos, sin atender los razonamientos del otro. Incluso en aquella pequeña ciudad, pues el centro se componía de numerosos edificios, con sus calles, su iglesia, su cafetería, sus edificios residenciales y hospitalario, los internos se disponían según diferentes castas. Algunos tenían beneficios tales como poder salir a ciertas horas al exterior, otros eran calificados de violentos y pasaban, en el mejor de los casos, la mayor parte de su tiempo encerrados en un edificio dotado de una seguridad especial, o en su habitación observados por una cámara de vigilancia, y una cerradura carente de llave, que tan solo podía ser abierta desde desde un centro de control, con varias pantallas, que ofrecían las imágenes de las susodichas cámaras en una monótona sucesión.

Recuerdo que el primer día que entre allí, y para poder ser distinguido de los internos, me dieron una tarjeta con mi nombre, la cual no solo me libraba de errores de medicación, sino que ademas me daba la libertad de entrar a lugares a los que los internos les estaba prohibido. La verdad es que en la mayoría de los casos solo podía distinguir a los residentes de lo trabajadores, o bien por la tarjetas de unos o bien por las batas blancas que llevaban otros. Por lo demás eran todos iguales, incluso algún interno me mostró cierto brillo de lucidez en su mirada que era incapaz de apreciar en algunos compañeros míos. El trato con los internos me creaba un cierto aire de compasión y temor, pero nunca ninguno me intento hacer mal alguno, y lo más que podría destacar negativo de ellos, en su constante insistencia en pedir tabaco, cosa la cual teníamos prohibida.

Cuando acababa mi jornada laboral, me enfrentaba a casi dos horas de trayecto hasta casa, y no porque el centro estuviera lejos de mi residencia, sino por la cantidad de tráfico que encontraba a mi regreso. ¡Eso si que era una verdadera locura!. Perder casi 4 horas de mi vida al día en ir y volver del trabajo, encerrado en un armatoste metálico contaminante, rodeados por cientos o por miles de más armatostes, que sumaban su contaminación a la mía, ayudando al constante e inexorable deterioro de este gran manicomio que es nuestro planeta. Es entonces cuando echaba de menos la placidez de las calles del centro psiquiátrico, el canto de los pájaros que en sus silenciosas arboledas reposaban, inundando el aire con su armonioso trino. Casi dos horas después de mi salida del trabajo llegaba a la ciudad donde residía, y continuaba viendo a la gente caminando, unas con sus diálogos internos y otras con las miradas perdidas, pero además encontraba gritos y bocinazos, malas palabras y miradas que te repasaban de arriba abajo, demostrándome la estupidez de dar un buenas tardes o unos buenos días. Encontraba carreras constantes que parecían no llevar a ningún sitio salvo a la sala de urgencias de algún hospital. Me volvía a cruzar con miradas narcotizadas, pero esta vez de mentiras y egoísmo, que llevaba a la gente a un estado de autodefensa constante, todos queriendo mostrar un rostro que enmascaraba su verdadera identidad, en una competición eterna de falsas apariencias. Me hacia sentir lo mismo que un hamster que gira en la rueda de su jaula, viendo una realidad monótona y repetitiva enfrente de si pasando siempre por el mismo punto de la rueda, mientras por el rabillo del ojo se colaba una realidad totalmente diferente y que solo necesitaba, para alcanzarla, de detenerme y encontrar la forma de doblar las barrotes en los que me habían encerrado.

Varios meses después, mi mujer y yo dejábamos nuestros trabajos y la gran ciudad, para marcharnos a nuestro manicomio particular, un pequeño pueblo con calles tranquilas y arboledas llenas de pájaros que inundan el aire con su armonioso canto.

Es curioso que eso a lo que llaman locura, hiciera que recobrara mi cordura.

4 comentarios:

antonio

Hola Eko!
No hay que olvidar que en estos centros hay PERSONAS con un determinado problema de salud mental, son PERSONAS como cualquiera de nosotros o incluso mejor, cuando entras por primera vez en uno te asustas un poco pero es por desconocimiento y por la mala prensa que siempre a tenido la "locura", pero en el fondo pueden ser tan "normales" como nosotros.
Saludos!

eko

Tienes mucha razón Antonio, en lo de remarcar lo de PERSONAS en mayúscula. De nuevo nos volvemos a encontrar con el desconocimiento de ciertos problemas, que por pertenecer a una minoría, importan a muy pocos. No he pretendido en ningún momento menospreciar a las personas que allí me encontré, todo lo contrario. Entiendo que la "normalidad", en la mayoría de los casos, no es más que un concepto inexistente impuesto por la sociedad.

Sentí el desprecio y vislumbre el mal, en algunas de las personas que trabajaban conmigo, pero jamás me sentí amenazado por alguno de los internos.

Un saludo, Antonio.

antonio

No he encontrado en tú texto ningún menosprecio a nadie , todo lo contrario.
Saludos!

eko

Lo sé, Antonio, solo he querido recalcarlo, como autoafirmación.

No me cansaré de darte las gracias por tomarte el tiempo de leerme. ¡Un saludo!

Los comentarios nacen de la reflexión, ejercicio este muy recomendado. Hazlo con educación y sus efectos serán mas gratificantes.