Ramiro y la señora Lucia

barra peligrosa
Ramiro nació con un problema de ceguera que con los años se fue acentuando, hasta tal punto, que era incapaz de leer el prospecto de un medicamento, que sujetaba un señor de rojo que estaba parado en el semáforo de la esquina de su calle, desde el balcón de su casa situada en un sexto piso. Pese a todo pudo desenvolverse en la vida con casi total normalidad, salvo por el hecho de que, por mucho que lo intentó, nunca consiguió atarse los cordones de sus zapatos con una sola mano. Pero eso nunca lo amedrantó y salia cada mañana con sus mocasines negros de borlas a comprar el pan a la tienda de la señora Lucia.

La señora Lucia era una ancianita entrañable que se resistía a dejar su pequeño negocio de pan, y que cada mañana muy temprano y cada tarde, cuando cerraba la tienda, sacaba a pasear con su correa, una barra de medio kilo de pan del día al parque, para que hiciera sus necesidades. Todo y pese a que la barra de pan, siempre remolona, se resitía a salir de la pequeña tienda y tenia que ser llevada prácticamente arrastras.

Aquella mañana Ramiro, salió más temprano de lo normal de casa en dirección de la pequeña panadería. Tenia la costumbre de desayunar un café bien cargado, a el que añadía trozos del pan recién hecho de "Cá Lucia", que era como se conocía en el barrio la tienda de la anciana. Ramiro nunca pudo entender como la señora Lucia podía hornear el pan con tan solo la ayuda de dos jóvenes y fornidos muchachos, y que aún le quedará tiempo para pasear a su poco vivaracha mascota.

Acometía Ramiro los últimos metros hasta la puerta del negocio, cuando vio salir a la señora Lucia arrastrando su barra de medio kilo de pan del día dirección al parque. El, -buenos días señora Lucia-, de Ramiro, sorprendió a la anciana que no hacia más que regañar a la barra por su estoica resistencia a cruzar el umbral de la panadería. -Buenos días Ramiro-, contestó la anciana, a la vez que en su semblante se dibujaba una sonrisa por la que no había pasado el tiempo. -¿A por el pan?- pregunto la anciana a Ramiro sin que en su rostro se borrara la sonrisa y sin dejar de tirar de la correa. -Si, señora, a por mi barra de cada día-, contestó Ramiro absorto en el tira y afloja de la señora Lucia con su barra. -Hoy parece que se resiste más de lo habitual- añadió seguidamente Ramiro. -Si-, dijo la señora Lucia, -No se que le pasa esta mañana, parece como si no tuviera suficiente levadura-. Ramiro sonrió a la anciana y dijo -Bueno, señora Lucia, todos tenemos días malos-. La señora Lucia, dio un último tirón y consiguio arrancar a la barra del pequeño escalón de entrada al comercio. -Se lo va a llevar calentito, acaban de sacarlo los muchachos- dijo la anciana. -Como a mi me gusta, señora Lucia. Que pase un buen día- acabó diciendo Ramiro mientras cruzaba la puerta, una vez libre de la presencia de la barra. -Igualmente-, respondía la señora Lucia, mientras farfullaba -que mal me deja siempre esta barra- y encaminaba sus pasos dirección al parque, seguida arrastras por la barra de pan. Unos minutos después volvía a salir Ramiro a la calle e instintivamente buscó con su mirada a la señora Lucia, pero debido a su mala visión, no vio que esta ya estaba al lado de un árbol del parque, situado justo detrás de un gran edificio, esperando a que la barra se desahogara. Ramiro encaminó sus pasos a su casa mientras se prometía volver al dermatologo, ya que cada vez era capaz de ver menos y tal vez tuviera la necesidad de hacer algún tipo de dieta exenta de pan.

Moraleja del absurdo:
Existen especies que no son aptas para ser mascotas. Cada vez son más las barras de medio kilo abandonadas en las calles, recuerda que: "Ella nunca lo haría". Las protectoras aconsejan siempre pensar bien que una mascota no es un juguete, ya que de ser así, se venderían sin la pilas.

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